martes, 1 de mayo de 2012

¿Quiénes no quieren que marche la paz en Colombia?, por Dax Toscano

Por la Segunda y Definitiva Independencia

¿Quiénes no quieren que marche la paz en Colombia?

Por Dax Toscano Segovia

La violencia criminal perpetrada por el imperialismo yanqui y el Estado fascistoide al servicio de la oligarquía santanderista, no cesa en Colombia. 

Hipócritamente hablan de paz mientras masacran a la población y asesinan o desaparecen a las y los luchadores sociales a través de sus fuerzas militares y paramilitares. 

Acostumbrados al engaño, mienten una y otra vez para, a través de sus medios de propaganda e intoxicación masiva, presentarse como mansas palomitas que buscan la paz para Colombia, mientras la insurgencia, a la que califican de terrorista, para los propagandistas de la oligarquía es la que se cierra a esa posibilidad. 

Santos es un peón del imperialismo y de las multinacionales que desangran a Colombia. Autor intelectual de los asesinatos de campesinas y campesinos para luego hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate, pretende presentarse, por medio de una operación de marketing y propaganda, como un  líder político carismático, equilibrado y moderado. 

Su relación amistosa con el presidente Chávez, su viaje a Cuba, vísperas de la Cumbre de las Américas, para entrevistarse con Raúl Castro y “explicarle” porque dicho país no podía asistir a esa reunión, su pronunciamiento, al igual que el de otros mandatarios, a favor de que Cuba participe en la próxima cumbre, lo hacen aparecer como un estadista razonable. 

¡Qué coman cuento quienes no conocen a sus enemigos!

Santos ha neutralizado al régimen bolivariano de Venezuela, el mismo que incluso ha cedido ante ciertas presiones del Palacio de Nariño, como la entrega de guerrilleros de las FARC-EP y el ELN capturados en Venezuela, la detención y posterior extradición de Joaquín Pérez Becerra y el encarcelamiento de Julián Conrado. De igual manera, el presidente Hugo Chávez, frente a los ataques perpetrados por Uribe, no ha dicho una palabra, condición que le impusiera Santos para convertirse en su “mejor amigo”. 

Mientras tanto, Cuba, por razones de Estado, guarda silencio frente a los crímenes perpetrados por el régimen colombiano, alejándose de la política internacionalista de denuncia de las oligarquías vendepatrias y pro yanquis y del apoyo a los movimientos revolucionarios que le caracterizó hace algunas décadas. Sabedora que ha sido objeto de escuchas ilegales en su embajada en Colombia, Cuba no ha denunciado estás prácticas realizadas por la inteligencia colombiana. 

Sobre los pronunciamientos de Santos en la Cumbre de las Américas, no es más que una jugada con la intención de posicionarse como líder de la región, para de esta manera hacerle frente indirectamente al presidente Hugo Chávez y detener las propuestas de cambio radical y revolucionario en Latinoamérica. Otro objetivo es buscar un espaldarazo para la lucha contra la insurgencia colombiana.  

Además, Santos no perdía nada al hacer esas declaraciones que pudieron herir los sentimientos de Obama, puesto que el acuerdo de libre comercio entre EEUU y Colombia ya se había concretado.  

No es casual que un burro haya estado esperando a Obama en Colombia con ansias de que se lo lleve a la Casa Blanca. No es de “Demo”, el borrico de Turbaco, de quien se habla, sino del necio del Palacio de Narquiño, que acompañado de la burra que ha sido la estrella de la farándula del uribismo y ahora del santismo, la misma que ni siquiera sabe el himno de Colombia, han expresado su servilismo frente a su amo imperial. 

Por tanto, no hay nada inocente en la conducta de este santo de pacotilla que con su sonrisa macabra festejó el bombardeo a Angostura donde murió el comandante Raúl Reyes,  el que con total cinismo señaló que había llorado de felicidad por la muerte de Alfonso Cano, líder de las FARC-EP o el que en declaraciones recientes ha estigmatizado peligrosamente a la gran Marcha Patriótica, acusándola de tener relaciones con las FARC-EP, lo cual a todas luces es una declaración de guerra y un llamado a las fuerzas represivas y criminales al servicio del Estado colombiano de actuar contra quienes la integran, lo cual ya ha quedado en evidencia tras la desaparición de los dirigentes campesinos Hernán Henry Díaz y Martha Cecilia Guevara y el asesinato de Mao Enrique Rodríguez, integrante del equipo de seguridad del Partido Comunista Colombiano. 

De igual manera, los periodistas lacayos, rastreros y serviles como Yamid Amat y María Isabel Rueda que, haciéndose eco de las acusaciones del Ejército y la Policía colombiana, una y otra vez, en forma maliciosa, insistieron en preguntar en el programa “El Gran Reportaje” a Piedad Córdoba y Andrés Gil sobre el supuesto financiamiento por parte de las FARC-EP al Movimiento Marcha Patriótica. Asimismo, el “Rasputín” colombiano, José Obdulio Gaviria, en el periódico El Tiempo, en el artículo de opinión titulado “¿Qué pasa?”,  no solo ha acusado a la Marcha Patriótica de ser una creación de las FARC-EP, sino que ha hecho un llamado para que se neutralice la misma (es decir se la reprima o extermine como en el caso de Unión Patriótica), además de generar miedos absurdos en sus lectores. A nivel internacional el diario español El País publicó un artículo titulado “Marcha Patriótica, ¿brazo político de las FARC?”, en el cual  se ponen de relieve las declaraciones de Alfredo Rangel, de la Fundación Seguridad y Democracia (la misma que habría recibido una millonaria donación de los EEUU), que señala que la Marcha Patriótica no sería otra cosa que el PC3 de las FARC.  

Bajo estas circunstancias: ¿puede pensarse que en Colombia hay margen para la acción de la oposición política surgida de la izquierda revolucionaria, sin ser objeto de estigmatización, de criminalización, de persecución, de asesinatos? 

Esto lleva a plantear algunas reflexiones. 

Lo primero tiene que ver con los llamados a la paz que se han realizado desde distintos sectores, unos en forma honesta y otros con total hipocresía. 

Hay que indicar que hablar de la paz en abstracto es incorrecto. Mucho más cuando se pretende equiparar la paz solamente con el cese de la lucha armada por parte de los grupos insurgentes en Colombia, mientras el Estado gansteril continúa con el ejercicio de la violencia policial, militar y paramilitar contra los sectores populares en el campo y las ciudades. 

El Estado se arroga el derecho de ejercer la violencia y niega la posibilidad a los pueblos de enfrentarla por medio de la lucha revolucionaria, incluida el levantamiento armado, para no dejarse golpear por sus opresores. 

Las formas de lucha que los pueblos llevan adelante son el resultado de condiciones concretas en las que viven. 

La oligarquía santanderista, con el total apoyo del imperialismo yanqui, ha masacrado a campesinos, trabajadores, estudiantes e intelectuales revolucionarios. Frente a esto, diversos sectores de la población pobre de Colombia, respaldados muchas veces por miembros de la clase media, por intelectuales revolucionarios, se alzaron en armas para protegerse y evitar, mediante la lucha guerrillera, muchos de los crímenes cometidos por parte de las fuerzas militares y paramilitares de la oligarquía colombiana contra  la población inerme. 

Las y los intelectuales orgánicos al servicio del establishment dejan de lado, por conveniencia, esta realidad.
La paz que ellas y ellos pregonan, es la que mantiene las estructuras de explotación intactas. Y para mantenerlas así, necesitan mantener a la “plebe” a raya, mediante el ejercicio de la fuerza y por medio de los mecanismos de embrutecimiento mental. Por ello hay que acabar con toda rebeldía, y eso se hará más fácil si no hay una oposición fuerte, que le pueda propinar golpes contundentes a los explotadores. Un pueblo inerme es mucho más fácil de dominar. 

Por esa razón quieren acabar de una vez por todas con las guerrillas, para así aniquilar con mayor rapidez a las y los luchadores sociales, sin tener que gastar más balas contra una insurgencia armada que constituye un freno, una barrera poderosa a sus criminales acciones.

¿Qué han hecho Uribe y Santos realmente por la paz? Nada, absolutamente nada.

¿En qué ha contribuido el gobierno de EEUU para lograr la paz en Colombia? En nada.

Por el contrario, han sido los que han agudizado el conflicto con bombardeos, con asesinatos selectivos y múltiples, con torturas, con encarcelamientos, etc. 

Mientras las FARC-EP dan gestos concretos de paz, el imperialismo yanqui y la oligarquía colombiana no han hecho absolutamente nada.  Como dice Piedad Córdoba, la tal “llave” de Santos para la paz, es una “llave ñoña”, que no abre nada más que las puertas para que siga actuando con total impunidad el paramilitarismo.

Bush y Obama, Uribe y Santos, han demostrado que para ellos, la única vía para acabar con el conflicto en Colombia es la militar, aplastando a la insurgencia revolucionaria. Además que para el aparato industrial militar estadounidense resulta un negocio muy lucrativo. 

Cínicos como son, de vez en cuando se llenan la boca diciendo que se podría pensar en un diálogo para alcanzar la paz, siempre y cuando la insurgencia no ponga ninguna objeción a sus condiciones y que ella no plantee ninguna petición concreta. Es decir, un diálogo donde los que estén frente al Estado narcoparamilitar colombiano, terminen únicamente firmando lo que les impongan. 

Solo puede existir un diálogo honesto cuando hay sinceridad en las propuestas y cuando se apunta a resolver las causas reales y fundamentales que han originado un problema. 

El equilibrio de fuerzas es importante cuando se pretende establecer acuerdos concretos. Pero si por un lado se quiere desarmar a un pueblo sin desarmarse los opresores, entonces ¿qué garantías van a tener aquellos que son despojados de sus mecanismos de defensa y respuesta frente a quienes les golpean?

Los detentadores del poder cuando se sienten fuertes, mandan al carajo el diálogo o terminan burlándose y engañando al otro. Por eso, la condición de la entrega unilateral de las armas por parte de la insurgencia para llevar adelante un diálogo en Colombia que permita alcanzar la paz, es absurda.

EEUU, Israel y el Estado mafioso colombiano al servicio de la oligarquía quieren más guerra, no la paz.  León Panetta, secretario de Defensa de EEUU estuvo recientemente de visita en Colombia. Y no necesariamente como los agentes del servicio secreto a cargo de la seguridad de Obama para ir a putear, sino para “revisar temas estratégicos de seguridad y cooperación bilateral en la lucha contra el narcoterrorismo”, lo que traducido al lenguaje común significa más intervención militar de los EEUU en el conflicto colombiano. Diez helicópteros, entre ellos cinco blackhawk, fueron autorizados que se vendan a Colombia para combatir a la insurgencia. 

Esto no se puede perder de vista. 

El Movimiento Patriótico por la Segunda y Definitiva Independencia no debe, bajo ningún concepto, descuidar cada uno de estos aspectos.  Porque mientras el pueblo organizado se lanza masivamente a la calle, la oligarquía santanderista lo estigmatiza, lo criminaliza y lanza amenazas que termina ejecutándolas con el claro propósito de acabar con la rebeldía que surge desde las entrañas del pueblo. Es que la paz para Santos y sus secuaces, es la paz de los cementerios que quieren llenarlos con los cadáveres de quienes se oponen al régimen narcoparamilitar. No debe existir la menor duda de que estos fascistas querrán frustrar, detener la marcha por una Colombia en paz y con justicia social, tal como lo hicieron con la Unión Patriótica.

No cabe, por tanto, ser ingenuos. La resistencia y la rebeldía popular deben organizarse adecuadamente. 
 
Hay que conjugar el accionar político con el militar. No se trata de tomar las armas y seguir el camino de la insurgencia. La Marcha Patriótica debe tener claro los procesos históricos y  las lecciones que han dejado a la lucha de los pueblos. Lo primero que debe señalarse es que el pacifismo es un arma al servicio de la reacción. Es dejarle todo el margen de acción a los que están preparados para usar las armas contra el pueblo. Por ello es necesario prepararse para la autodefensa militar, establecer mecanismos de seguridad personal y colectivos adecuados, de compartimentación de la información y de contrainteligencia de las actividades de los grupos represivos policiales, militares y paramilitares. Esto ayudará a salvaguardar la integridad de las y los luchadores sociales. No prepararse sería una irresponsabilidad mayúscula, imperdonable. 

Como decía el Che, al enemigo no hay que darle ni un tantito así de chance a que golpee. 

Otro aspecto fundamental es el desarrollo de la conciencia política. Sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria y viceversa, decía Lenin. Hay que trabajar duro no solo para concienciar a quienes están dentro del Movimiento, sino a aquellas personas que no simpatizan con el mismo y que producto de la alienación a la que son sometidas diaria y permanentemente por falsimedia, puedan estar confundidas políticamente. 

Las bases del Movimiento deben estar siempre listas para la movilización frente a diversos problemas que tengan que ver con la problemática nacional y también internacional. No debe descuidarse la solidaridad con las luchas de otros pueblos y movimientos revolucionarios en el mundo. 

Las calles son de los pueblos, no de las oligarquías. Por tanto no se puede permitir que los sectores de la derecha, que los grupos de poder arrebaten a los colectivos sociales que luchan contra el orden establecido estos espacios. 

La política revolucionaria implica organización y dirección. Pero además implica que haya definiciones precisas sobre las líneas de acción que se deben llevar adelante, así como las propuestas concretas y soluciones efectivas para la infinidad de problemas que viven los colectivos sociales. Hay que evitar que el Movimiento se desgaste con permanentes movilizaciones sin llegar a conseguir algo concreto. La oligarquía colombiana para aparentar ante el mundo su supuesto carácter democrático, puede no obstaculizar el desarrollo de las movilizaciones, siempre y cuando no sean contundentes y que además no tengan exigencias que pongan en vilo al régimen. Se debe conjugar, por tanto, la presión social a través de grandes y contundentes movilizaciones, con la propaganda y el trabajo de concienciación política del pueblo, más la exigencia a soluciones inmediatas, sin descuidar que la estrategia final es la toma del poder.   

La paz la vamos a lograr con la movilización de todas y todos los sectores populares, ha dicho Piedad Córdoba. Pero no basta con ello. Movilización, presión y propuestas concretas. Los detentadores del poder deben estar contra las cuerdas, golpearlos contundentemente, para que sepan que el pueblo exige cambios concretos y no solo paliativos. El gobierno debe ser desenmascarado por cada acción que lleve adelante, incluso las que aparentemente beneficien a los sectores populares, como es el caso de la “Ley de restitución de tierras” que beneficia a las multinacionales y legaliza el despojo por parte del paramilitarismo de las tierras de los campesinos.

Es un proceso complejo y largo. Hay que tener en cuenta que hay un enemigo poderoso que también se organiza y tiene mucho poder y muchas armas, desde las militares hasta las mediáticas, para destruir cualquier intento de paz. 

La combinación de todas las formas de lucha debe seguir siendo un punto fundamental para el desarrollo del movimiento revolucionario en Colombia. Y en este sentido es fundamental que los movimientos revolucionarios que surjan no mantengan distancia de la insurgencia y, mucho menos, que acepten directa o indirectamente el discurso deslegitimador de estas organizaciones elaborado por los detentadores del poder.

Ante las acusaciones que relacionan al Movimiento Marcha Patriótica con las FARC-EP, para satanizarlo, estigmatizarlo, deslegitimarlo y criminalizarlo, hay que en primer lugar desenmascarar las intenciones que hay detrás de ello y, en segundo lugar, señalar con precisión que la insurgencia forma parte de las organizaciones revolucionarias del pueblo colombiano y que por esa razón no se puede dejar de mantener relaciones con ella, solo porque a la oligarquía no le guste. Quienes deben responder por sus estrechos vínculos con los narcos y paramilitares es el Estado colombiano, puesto que esas si son relaciones extremadamente peligrosas.  

Trabajando organizadamente se podrán alcanzar victorias frente a quienes son los verdaderos enemigos de la paz.


Patria Grande, 1 de mayo de 2012

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